[archive] el verbo proyectar
May 17, 2026
La Pedriza, finales de Febrero. Una beta clara de granito. Trece sesiones: tres descifrando los pasos y diez repitiendo los movimientos. Pie derecho, hombro, pie izquierdo al garbanzo. El granito ya no da nada nuevo. Lo que se transforma en cada sesión es la lectura del paso, la memoria muscular, la forma de respirar antes del chapaje. La roca se queda. Quien cambia es el escalador.
Proyectar viene del latín proicere: lanzar hacia delante. La etimología contiene una distancia esencial — entre el sujeto que lanza y el objeto lanzado. Lanzar implica que algo se ha soltado, pero todavía no ha aterrizado. Está suspendido en el aire, en una zona que no es ni inicio ni final. La palabra describe, en su raíz, una condición de tránsito. No una acción puntual, sino un estado prolongado. El escalador que dice estoy proyectando un bloque habla de un estado.
La definición operativa del verbo, sin embargo, ha cambiado. Proyectar significa intentar sin haber encadenado todavía. Una fase. Un estado provisional que termina el día del encadenamiento. Bajo esta definición, proyectar describe una carencia: lo que aún no se tiene. El bloque queda hecho, archivado. Pasa al inventario.
La combinación de ambas definiciones invierte la dirección del verbo. Proyectar deja de describir lo que el escalador hace al bloque y pasa a describir lo que el bloque le hace al escalador. La línea exige una atención sostenida durante meses o años. En el proceso, modifica al cuerpo que la atiende. Cambia el modo de leer la roca, su tolerancia a la incomodidad, su relación con el fracaso. El bloque no se conquista — se habita.
Ese aprendizaje es dificil de expresar con palabras. ¿Por qué el mono corto que parecía imposible de aguantar funciona el día catorce y no funcionaba el día tres. La diferencia no es de fuerza ni de técnica conscientemente aprendida. El sistema nervioso se reescribe con la repetición espaciada — un proceso medible. Investigaciones publicadas en Science en 2014 demostraron que la formación de mielina nueva en el cerebro adulto, el envoltorio que rodea los axones y acelera la transmisión de señales nerviosas, es necesaria para aprender habilidades motoras complejas. Estudios posteriores en humanos han documentado aumentos cuantificables de mielinización tras unas pocas semanas de entrenamiento motor repetido. Un dato relevante: los participantes que aprendían más despacio mostraban mayor cambio neuroplástico. La velocidad de adquisición no predice profundidad. La consolidación de este aprendizaje depende además del proceso entre sesiones. No hay atajos. La habilidad no aparece sin más; se construye sesión a sesión.
La tolerancia a la incomodidad es lo que entrenan los deportistas de resistencia. Horas en zonas de frecuencia cardiaca baja para mejorar el reaprovechamiento del lactato. Series en pista hasta desfallecer. Exposición al frío, al calor, al esfuerzo. Todo el procedimiento versa sobre incomodar al cuerpo para acomodar la mente. Eso es lo que se persigue.
Steve Magness lo describe así:
“Estate presente, perdura. En un mundo en el que constantemente nuestra atención es captada y abocada a la distracción, desesperadamente necesitamos pasar tiempo a solas con nosotros mismos. Los deportes de resistencia nos fuerzan a hacer precisamente eso. No hay escapatoria. No hay scrolling. Solo tú y tus conflictos.”
El consumo moderno del deporte empuja en la dirección contraria. Aplicaciones para marcar encadenamientos. Listas de bloques tachados. Viajes cortos para asentar un grado. El bloque convertido en ítem de inventario. Cada escalador mide su progreso en encadenes, no en sesiones. Bajo esa lógica, proyectar es ineficiencia: cuanto antes se encadene, antes se pasa al siguiente. La duración pasa a ser el problema, no la condición. La forma reducida del verbo es la dominante, y con ella se pierde lo que la palabra contenía: la posibilidad de permanecer dentro de una pregunta abierta durante un tiempo, sin necesidad de cerrarla.
— grava
[fecha] 17.05.2026